Por qué no damos consejos en un Death Cafe
Cuando alguien comparte algo difícil, lo más natural es querer ayudar. Y la forma más común de “ayudar” es dar un consejo: decirle qué hacer, qué pensar, o cómo ver las cosas de otra manera. Pero en un Death Cafe evitamos hacer eso — y hay razones sencillas para ello.
El consejo te pone a ti en el centro
Cuando alguien da un consejo, la conversación deja de ser sobre quien habló y pasa a ser sobre quien aconseja: sus ideas, su experiencia, su manera de ver la vida. La persona que compartió algo vulnerable se queda escuchando en vez de sintiéndose escuchada.
No todos necesitan lo mismo
Un consejo asume que sabemos qué le conviene a otra persona. Pero cada quien vive la muerte, la pérdida o el miedo de manera distinta, según su historia, su cultura, sus creencias. Lo que a ti te ayudó, a alguien más podría no servirle — o incluso hacerle sentir incomprendido.
Muchas veces, no se busca una solución
La mayoría de las veces, alguien no comparte algo porque quiera que se lo resuelvan. Comparte porque necesita decirlo en voz alta, sentirse acompañado, o simplemente pensar hablando. Un consejo, aunque venga con buena intención, puede sentirse como un “ya deja de sentir eso y haz esto otro” — y cierra la conversación en vez de abrirla.
Dar consejos suele calmar tu propia incomodidad, no la de ellos
Cuando alguien expresa dolor, es incómodo quedarse en silencio. El consejo es muchas veces una forma de aliviar nuestra ansiedad —“di algo útil, arréglalo”— más que una respuesta a lo que la persona de verdad necesita.
Qué hacemos en su lugar
En un Death Cafe, en vez de aconsejar, intentamos:
- Escuchar sin interrumpir, sin estar pensando en qué vamos a responder.
- Hacer preguntas abiertas, como “¿cómo ha sido eso para ti?”, en vez de ofrecer respuestas.
- Validar lo que la persona siente, sin necesidad de estar de acuerdo o en desacuerdo.
- Compartir nuestra propia experiencia como eso: nuestra experiencia — no como la respuesta correcta para todos.
- Permitir silencios, sin la necesidad de llenarlos con soluciones.
No dar consejos no significa no importarle a nadie — al contrario. Significa confiar en que la otra persona tiene su propio proceso, y que lo más valioso que podemos ofrecerle es espacio y presencia, no respuestas.